Esteban Virguez, hermano de la actriz, conversó con Teleshow a propósito de su serie biográfica. Cómo la acompañó en su fama, sus tristes horas finales, el Maipo, el HIV y el imperdurable amor popular

Hace pocos días la hija menor de Esteban Virguez, jefe del servicio de oftalmología del Hospital Rivadavia, recibió una consigna en el colegio privado en el que estudia. “¿Quién es para vos un prócer de la actualidad?”, le preguntaron. Lionel Messi ganó por unanimidad para sorpresa de nadie, pero solo la adolescente recibió aplausos por su voto. “Cris Miró”, contestó. “¿Por qué? Porque es mi tía”, fue la respuesta de Montserrat, de 14 años. La anécdota la cuenta con emoción el hermano de la recordada actriz, en diálogo con Teleshow, a propósito del lanzamiento de Cris Miró (Ella), la serie biográfica de TNT y Flow que sigue los años de ascenso, esplendor y el final de la mujer que se volvió la reina de corazones de los argentinos.

“Cuando vino mi hija y nos contó a nosotros… Cómo cambiaron las cabezas. Eso no hubiese existido nunca en la década del 90″, se sinceró el médico cirujano, quien fue testigo del nacimiento del mito. La flor del pantano emergida de una sociedad idiota. “Cuando se hizo famosa le hacían en la televisión preguntas un poco irrespetuosas que ahora no se harían, pero era otra época, ¿no? Siempre sobrevolaban esas preguntas incisivas donde le faltaban el respeto y no correspondía”, recordó él, quien estuvo a su lado incluso en su desenlace.

Yo estuve desde el primer día que nació hasta el último que falleció. Éramos muy unidos, muy amigos”, señaló Esteban como testigo de esa Cris que era incluso antes de ese nombre. La que en una charla confesional en una terraza a los 16 años dio el primer shock familiar (“soy gay, no me gustan las mujeres”) hasta su transformación en un cisne del tamaño del Maipo, incluso en un tiempo donde “vestir con ropas del sexo opuesto” era penalizado.

“Si me preguntás a mí, en ese momento me sentía avergonzado por tener un hermano gay. La verdad es así, por eso trataba de ocultarlo. Después cuando fue famosa, no lo podía creer. La valentía que tenía, cómo respondía a las preguntas que le hacían y la inteligencia que le ponía a todas sus palabras. Entonces, tenía como una ambigüedad de orgullo y, por otro lado, vergüenza”, se sinceró sobre Cris, que estudiaba odontología en la UBA y cambió el torno por las piedras y tocados del teatro de revista.

Yo fui el hijo varón, al que le gustaba el fútbol y el boxeo y Cris quería demostrar que tenía sus logros, siendo lo que era. Por eso me invitaba siempre a mí a todos los lugares donde estaba porque mi mamá todavía no la terminaba de aceptar”. En ese tiempo, su hermana le daba acceso a sobremesas VIP con famosos que tenían como invitados a Enrique Pinti o incluso, una jovencísima Florencia de la V como a teatros del under donde la vedette daba sus primeros pasos sobre el escenario.

Dentro de su casa de Belgrano, con un padre militar retirado y su madre ama de casa, los tiempos de apertura eran otros. Al final, terminó saliéndose con la suya. “Siempre hizo lo que quiso”, aseguró, sobre esa libertad escrita con mayúsculas y en rouge. Pero hizo una aclaración. “Nunca sufrió bullying en el colegio. Fue a un colegio de varones y era amigo de mis amigos. Si bien era afeminado y todo eso, tenía una forma de hablar, un porte alto, que nunca nadie lo agredió en su vida, ni en la calle, ni en el colegio, ni en ningún lado”, sostuvo.

Fue una transición muy lenta la de convertirse en mujer porque desde que se animó a decir que era gay hubo un conflicto familiar muy grande. Yo la acompañé por orden de mi mamá. Me dijo ‘llévalo a un psicólogo y que le diga que es varón’. Fuimos a la calle Cabildo en Belgrano y cuando salimos la psicóloga me dijo ‘lo van a tener que acompañar y entender, es diferente’. No dijo ‘es un varón, lo vamos a convencer’. Todo lo contrario. Me dijo que la teníamos que ayudar y de ahí en adelante empezó a ser más libre”, rememoró, sobre aquella conversación.

Frente a la explosión materna, su padre eligió un amor discreto, pero amor al fin. “Mi papá no tuvo reacción. Un día, cuando mi mamá estaba muy mal, los escuché hablando en la habitación. ‘Ya está, es así. ¿Qué querés? ¿Querés que lo mate? ¿Te vas a sentir más feliz si lo hacemos?’”, contó. “Mi papá lo terminó aceptando. Era de pocas palabras. Es más, cuando falleció en el año 95 llegó a ir al estreno de Cris en el Maipo. Fue. Nunca le dijo una palabra agresiva, nunca le gritó. Estaba, no sé si orgulloso, pero lo aceptó totalmente”.

Los últimos días de Cris Miró antes de su muerte: “Me dijo ‘hermanito, hacé algo’”

Cuando Esteban, que comparte con su hermana el pelo azabache, la altura y un modo pausado al expresarse, cuenta que estuvo junto a ella desde que nació, también se refiere a las horas que pasó en terapia intensiva antes de su muerte.

“Fue algo muy, muy repentino. Ella era HIV positivo y era un secreto. Un secreto guardado que nadie lo sabía, si bien todo el mundo sospechaba, había rumores. Solo lo hice público en el libro cuando se lo conté a Carlos Sanzol por primera vez. Yo era el único que lo sabía”, contó, sobre Hembra. Cris Miró, vivir y morir en un país de machos, la biografía en la que se basó la serie que se acaba de estrenar.

No quiso contarlo porque era la década del 90 y el HIV estaba relacionado con los homosexuales, le decían la peste rosa. Así que hubiese sido terrible para ella. Por eso prefirió ocultarlo porque pensó que iba a salir adelante. Después pasaron muchas cosas, enfermedades concomitantes que hicieron que termine como terminó. Todos teníamos esperanza. Yo tenía esperanza que fuera a salir todo bien”, señaló.

Fue un desenlace de días. Se puso muy mal de golpe, la internaron y como yo era médico estaba ahí al pie del cañón, cancelé agendas y estuve los últimos tres días al lado de la cama. Cada vez estaba peor, peor, peor. Me acuerdo del último día. Yo tuve que ir a Baradero porque trabajaba allá. Me fui al medio día y no digo que estaba mejorando, pero hablaba bien. Cuando llego a la noche ya estaba muy mal. Me dijo ‘ay, hermanito, hacé algo, por favor’. Tenía mucha dificultad para respirar”, contó.

“Hablé con los médicos y me dijeron que era irreversible, ya había una falla multiorgánica. Me pidieron permiso para que le hagan un cóctel lítico. Se llama así: era para dormirla, para que pueda morir sin sufrimiento. Yo lo autoricé y me quedé yo solo en la habitación desde las nueve de la noche hasta el mediodía del otro día que falleció”. Era el 1 de junio de 1999 y tenía 33 años.

“Afuera estaba toda la prensa en un momento de mierda, viste. Fue súper triste para mi mamá. Mi papá ya había fallecido, así que mi mamá desde ese momento hasta que se murió, estuvo muy deprimida. Yo estaba en el medio. Mi mamá para mí se murió de tristeza tres años después. Ellas vivían juntas”, rememoró, sobre aquella tormentosa época donde la caída de la estrella, bajo la sugerencia de que tenía VIH/Sida, era carne para vender revistas y generar rating.

Había mucho morbo sobre porque había fallecido y me acuerdo de los programas de Lucho Avilés, que no hablaban de la muerte, sino de qué había muerto. El director de la clínica me preguntó qué quería que dijera. Le dije que murió por un linfoma, que era verdad porque había adquirido un linfoma porque le bajaron las defensas. Un tumor linfático. Eso fue lo que se comunicó. Después de un tiempito de hablar boludeces en los programas de chimentos, el tema se fue diluyendo y quedó en la nada”

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