Fue la autora de una de las creaciones más terroríficas de la literatura. La novela surgió de un reto propuesto por Lord Byron.

La novela de Mary Shelley es una mezcla de elementos del gótico, del romanticismo y del positivismo; de la ciencia y del ocultismo. Ella misma, como el engendro sin nombre de Víctor Frankenstein, es una criatura he­terogénea en el mundo de la li­teratura.
Frankenstein sienta las bases de un género literario en el que se escuchan los discursos científicos de principios del siglo XIX: la genética y la ambición desmedida de crear vida y dominar a la muerte.

El libro despliega una multiplicidad de significados que hicieron posible que cada época la reinterpretara a su manera. La criatura que adquirió vida en un laboratorio del siglo XVIII, pudo ser leída en estos tiempos como personaje de la literatura infantil; se volvió un personaje frecuente en la cinematografía, y un disparador para discusiones filosóficas.

La novela publicada por primera vez el 1 de enero de 1818, fue concebida en Villa Diodati, la mansión que durante el verano de 1816 Lord Byron alquiló junto al lago Lemán, cerca de Ginebra. Allí se produjo un encuentro de cinco jóvenes escritores ingleses que darían un golpe de timón a la literatura de su tiempo.

Acompañaban a Byron, su médico y secretario personal, John William Polidori; Percy B. Shelley, otro reconocido poeta; y su futura esposa, Mary Godwin, además de Claire Clairmont, hermanastra de Mary. Los Shelley —en ese entonces todavía amantes— y Claire ya habían visitado la región en 1814, cuando las jóvenes escaparon de la casa familiar junto a Percy.

Las feroces tormentas de nieve obligaban al grupo a permanecer recluido durante días en torno al fuego de la sala principal. Para paliar los efectos del encierro, Byron recitaba poemas, y Shelley soltaba comprometidos discursos que alertaban sobre la necesidad de un profundo cambio social.

Mary Shelley era hija de dos pensadores de avanzada —William Godwin y Mary Wollstonecraft (quien sufrió una infección generalizada y falleció ocho días después de dar a luz—, criada entre proclamas de anarquismo y de feminismo, en contacto con la vanguardia del pensamiento de su época.

Una tarde se elevó la temperatura ambiente cuando Byron y Shelley discutieron apasionadamente acerca de la naturaleza del principio de la vida. Se preguntaban sobre la probabilidad de descubrirlo y comunicarlo. La charla derivó hacia el galvanismo y los experimentos de Erasmus Darwin, el científico que observaba los efectos de las descargas eléctricas en el tejido animal. Los Shelley comentaban las investigaciones con cadáveres que el alquimista Johann Dippel había realizado en el castillo de Frankenstein -situado a 5 km al sur de Darmstadt, en Alemania- y que la pareja había conocido en 1814. Ese 16 de junio de 1816, a la hora de las brujas, Byron propuso que cada uno escribiera una historia escalofriante.

Mary, entonces, dijo que cuando se acostó tuvo una imagen mental muy clara: “Al estudiante de artes maléficas inclinado sobre la cosa que había logrado reunir. Vi la espantosa monstruosidad de un hombre allí tendida, y luego, por el efecto de alguna maquinaria poderosa, observé que mostraba signos de vida, y se despertaba con los movimientos torpes de un ser medio vivo. Debía ser horroroso, porque absolutamente horrorosos deberían ser todos los intentos humanos de imitar la fabulosa maquinaria del Creador del mundo”.

Entrevió un éxito que fuera al mismo tiempo un fracaso: el artista huyendo de su invención, conmocionado y aterrorizado, esperando que la débil llamita de vida que había infundido a “aquella cosa”, se fuera apagando, para volver a hundirse en la materia muerta. La tenebrosa historia del Dr. Frankestein. Un personaje que nació al mismo tiempo que un mito.

En el prólogo al libro, dice Mary Shelley: “Me entretuve pensando una historia que consiguiera que el lector tuviera pavor a mirar a su alrededor, que le helara la sangre y que acelerara los latidos de su corazón”.

Frankenstein o el moderno Prometeo fue concluida con la intervención de Percy, durante los primeros meses de 1817, quien buscó editor para la novela de Mary, presentándola como un texto escrito por un amigo –ya que conforme a los prejuicios de la época, si el libro estaba escrito por un hombre, se presumía que debía ser mejor-.

A partir de allí, conoció innumerables reediciones, adaptaciones teatrales y un sinfín de películas. El psicoanálisis celebraría un banquete de interpretaciones sobre el personaje y sobre la autora.

La criatura que adoptó el apellido de su creador, se convirtió en sinónimo de monstruo, si bien en el libro se la describe con miembros proporcionados y rasgos hermosos.

En esa conversión en una criatura horripilante, el cine tuvo mucho que ver, con caracterizaciones ominosas, cabeza cuadrada, mandíbula angulosa, miembros rígidos y maquillaje que terminaba por dar un aspecto de espanto inefable. En esa figura adaptada por Hollywood aparecen las costuras y los tornillos, que se volverán insoslayables en las representaciones posteriores.

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