Para entablar una conversación, se necesitan como mínimo dos personas, un emisor y un receptor que intercambiarán sus papeles a lo largo de la conversación

Desde que éramos pequeños, nos llevan repitiendo la importancia de escuchar antes de hablar. Pero, lo que en realidad ocurre es que somos tan impacientes por decir nuestra opinión, que muchas veces pasamos por alto lo que los demás quieren decirnos.

Esto es un inconveniente que puede traernos numerosas desventajas a nivel, tanto personal como profesional. Y es que podremos imaginarnos la reacción de los asistentes a una reunión importante que son constantemente interrumpidos por alguien que, ansioso por decir lo que piensa, no deja de lanzar ideas sin sentido.

Lo que ocurre es que nuestra mente crea asociaciones en función de lo que conocemos o vamos escuchando. Cuanto más escuchamos, mayor probabilidad hay de que la idea que surja en nuestra mente se vea mejorada.

Debemos ser conscientes de que hay un momento en el que debemos hablar, puesto que, en caso contrario, corremos el riesgo de que la temática discutida sea cambiada.

Lo que debemos tener en cuenta es que nadie nos robará la idea, no debemos tener prisa por decir lo que pensamos tan solo por el miedo que alguien pueda decirlo antes que nosotros.

En definitiva, escuchar es mejorar las ideas que tenemos en mente con el propósito de alcanzar la creación de algo que de verdad creará buena impresión en todos los que reciben la información que emitimos. 

Aprendiendo a escuchar

Un proverbio oriental dice: “Nadie pone más en evidencia su torpeza y mala crianza, que el que empieza a hablar antes de que su interlocutor haya concluido”.

Ocurre a veces que cuando estamos hablando con otra persona tenemos tanto el otro como nosotros dificultades para escuchar, pasando de escuchar a oír en muchas ocasiones, mientras elaboramos qué vamos a decir cuando el otro acabe, en vez de intentar prestar atención a lo que nos dicen, quedando el diálogo bloqueado por incontinencias verbales; ya que si todos queremos hablar a la vez y no se escuchan las razones de los otros, no habrá diálogo como tal, sino monólogos yuxtaponiéndose.

Saber escuchar es una actitud difícil, ya que exige dominio de uno mismo e implica atención, comprensión y esfuerzo por captar el mensaje del otro. Significa dirigir nuestra atención hacia el otro, adentrando en su ámbito de interés y su marco de referencia.

El diálogo exige una actitud silenciosa de escucha atenta. El escritor y orador J. Krishnamurti afirmaba: “Escuchar es un acto de silencio”. Mientras no callemos nuestro diálogo interno y prestemos atención a nuestro interlocutor, no aprenderemos a escuchar. Solo una actitud de escucha atenta hace fecunda la palabra que podemos dar a nuestro interlocutor.

Es difícil poder decir al otro algo que resulte válido si no abrimos de par en par nuestros oídos para escucharlo. Así la persona escuchada sentirá que le están dando la importancia que merece, quedando agradecida y creándose a su vez un clima de respeto, estima y confianza.

Elementos fundamentales de la escucha activa

Algunas de las claves que favorecen la capacidad de realizar una escucha activa son:

  • Cuidar el entorno físico: un entorno inadecuado puede interrumpir la escucha.
  • Liberar nuestra mente: vaciar nuestros pensamientos de nuestras preocupaciones y de nuestros juicios. Adoptar una actitud de aceptación del otro.
  • La atención: foco puesto en la persona y sus palabras, no en nosotros.
  • El silencio: poderoso recurso que ofrece un espacio a la persona que habla para reconstruir su historia y al que escucha para interpretar y comprender el mensaje.
  • La mirada: conectando con la mirada del otro. Mirar a los ojos establecerá un vínculo emocional con la persona aunque debemos ser cuidadosos en no invadir su espacio, evitando que pueda resultar agresiva.
  • Observar más allá de las palabras: gestos, lenguaje no verbal, tono de voz, respiración.
  • El rapport: se produce una especie de danza con la otra persona. Adoptar sutilmente sus posturas corporales y acompañarle en sus gestos ayuda a comprender su estado y proporciona al escuchado una acogida integral.
  • La empatía: nos permite captar el mundo de referencia de la otra persona, participando de su experiencia como si fuese la nuestra propia y transmitiendo que ha sido comprendido. Para eso tenemos que evitar juicios y filtros mentales.
  • Uso eficaz del lenguaje: empleo de técnicas como la reformulación, la normalización, la personalización, realizar preguntas poderosas que estimulen a la persona a buscar recursos nuevos.

Confianza en la persona: considerar que todas las personas tenemos los recursos suficientes para afrontar nuestras vidas aunque, en algunos momentos, parezcan secuestrados.  

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