Alejado de la televisión y el teatro, Federico Amador decidió dedicarse a su gran pasión: la naturaleza. Comenzó de a poco -hace cinco años- haciendo documentales, pero ahora se metió de lleno y ya no mira a los animales a través de una cámara. Ahora el trabajo es cuerpo a cuerpo. Junto a un grupo de gente especializada, el actor trabaja en un centro de recuperación de tortugas y serpientes.

“Pasé mi vida entera viendo documentales”, cuenta Amador a LA NACION. “Lo que más me interesaba era todo lo que tenía que ver con la naturaleza. Entonces a los treinta y pico me di cuenta que quería dedicarme a eso porque trabajaba haciendo ficciones y… ¡no miraba ficciones! Mis dos hijos ya eran un poco más grandes, entonces hacía juegos con ellos de preguntas y respuestas sobre la naturaleza, sobre los animales. Ahí noté que todos los documentales que veíamos eran sobre África. Notaba que ellos sabían de los animales de África, pero no sabían de nuestra fauna. Me di cuenta que nuestros chicos no conocen a nuestros animales, que son iguales de importantes y maravillosos que los de África”.

Amador se dio cuenta de que ese contenido estaba faltando y se decidió a hacerlo. “Es muy difícil proteger y cuidar algo que no conocés”, explicó. “Si a vos te hablan del tapir o del yaguareté y no sabés lo que es un yaguareté, no te importa. En cambio, si ya lo conocés, te familiarizás y empezás a proteger de otra manera. Ahí surge la idea de hacer esa serie de documentales que hicimos en Telefe y que después llevamos a Discovery. La idea era esa: dar a conocer nuestra fauna, nuestra flora y también nuestra problemática. Recorrimos distintos ambientes de argentina para dar a conocer nuestra naturaleza, meter en las casas de las familias nuestros animales y que los conozcan”.

En ese trayecto, filmando documentales, el actor conoció muchos centros de rescate y decidió dar un paso más en el mundo animal. Se interiorizó en la vida de las serpientes y quiso involucrarse en el tema. “La serpiente es un animal muy perseguido, nadie las quiere, les tenemos miedo”, relató. “No sabés la cantidad de fotos que me mandan de serpientes partidas al medio con una pala, con un machete… Las matan a palazos porque generan pánico, pero es por desconocimiento. Las culturas usaron la serpiente como el demonio y en la Argentina tenés 137 especies y menos del 10 % tienen toxinas. No es una especie peligrosa. Si vos te acercás se va a tratar de defender, pero no nos va a andar corriendo tratando de matarnos, tienen toxinas que son para cazar, para sobrevivir, para alimentarse. En Buenos Aires hay una sola que puede tener la toxina peligrosa, la yarará. Entonces, lo primero que tenemos que hacer es identificarlas para saber si estamos ante un peligro real o imaginario”.

También es experto en el cuidados de las tortugas. De hecho, los problemas que surgieron con esta especie fue lo que lo terminó de convencer que tenía que crear un espacio para contener a quienes le pedían ayuda. “Me empezó a llamar gente que tenía una tortuga en su casa, que no sabía qué hacer. Al principio les daba algunos consejos y finalmente terminamos armando este proyecto en Tigre. Se llama Serpentario Educativo, es un centro de rescate y recuperación. Además de interesarme por las serpientes, yo empecé a estudiar sobre tortugas y a trabajar con ellas. Me encanta y no hay feriado, no hay nada. Laburo de lunes a lunes. Hay animales que tenés que alimentar, hay muchos que hay que curar. Hace unos días rescaté a una tortuga de agua que la había agarrado una hélice y vino toda rota e infectada y bueno, hay que estarle todos los días con la limpieza, tratando de que coma. También vienen serpientes que están desnutridas, con mala alimentación, que también hay que recuperarlas”.

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