La banda de Mataderos le dio vida a uno de los fenómenos masivos más potentes de nuestra cultura rock. Hace tres décadas lanzaba su primer álbum y empezaba a darle forma a un camino sin huellas ni demoras.

“¿A dónde vas?” y “¿Qué buscás en el frío de la noche?” podrían ser interrogantes de algún amigo preocupado, de algún padre que intenta bucear en las profundidades de su hijo incomprendido. Pero también son las preguntas/interpelaciones con las que La Renga eligió comenzar su carrera discográfica en el tema que abre su disco debut, Esquivando charcos, lanzado el 26 de marzo de 1991. En estos 30 años de trayectoria, la banda oriunda del barrio de Mataderos continúa reafirmando lo anunciado en el título de dicha canción fundacional: “Somos los mismos de siempre”. Cada verso, cada estrofa de dicha composición es la piedra basal no sólo de su carrera, sino de uno de los movimientos culturales masivos más importantes de nuestro país.

Ellos no son, sino que enarbolan un “somos”, ampliando su sentido de pertenencia a los miles de jóvenes que, a partir de ese disco, acompañaron al grupo en cada presentación. Podemos aventurar que cuando se definen como “los mismos” se refieren por un lado a la simetría construida entre la banda y sus seguidores, y por otro a que a pesar del paso de los años -décadas, incluso- jamás modificaron sus circuitos de comunicación, su estilo musical o su identificación estética. Por último, al augurar que esa trayectoria que recién comenzaba ya era un camino “de siempre”, hicieron una apuesta de largo aliento, dispuestos a viajar A Donde me Lleve la VidaBailando en una Pata chamuyando con el diablo y la muerte en La Esquina del Infinito, en El Ojo del Huracán o en Algún Rayo

La placa sigue con una trilogía de rocanroles: “Moscas Verdes para el Charlatán”, “Embrolos, Fatos y Paquetes” y “Luciendo mi Saquito Blusero”. Luego es el turno de la hermosa balada “Voy a Bailar a la Nave del Olvido”, cuyo registro casero se resignifica en la versión en vivo presente en Bailando en una Pata, lanzado tan solo tres años después, que demuestra no sólo el robustecimiento en términos musicales del grupo sino también la apropiación del tema por parte del público, que lo convirtió rápidamente en un himno. La placa se acelera con el hard rock de “Buseca y Vino y Tinto”, “El Juicio del Ganso” y “Negra mi Alma, Negro mi Corazón”. El larga duración cierra con “Blues de Bolivia”, otro registro de calidad hogareña, esta vez en vivo, una festiva oda ¿irónica? a la cocaína y a la marihuana.

Con estas nueve canciones en poco más de 35 minutos, La Renga sentó las bases de lo que sería su inoxidable carrera. Los responsables de este trabajo fueron el trío tradicional de la agrupación, compuesto por Gustavo “Chizzo” Nápoli en voz y guitarra y los hermanos Gabriel “Tete” Iglesias en bajo y Jorge “Tanque” Iglesias en batería, junto con Raúl “Locura” Dilelio en guitarras, quien al poco tiempo abandonaría la banda (que retomó su formato original de cuarteto varios años después con la inclusión plena de Manuel “Manu” Varela en vientos).

Y así, por más de 30 años, La Renga se consolidó Esquivando Charcos, contratos con discográficas mainstream y entrevistas mecánicas de la mayoría de los medios tradicionales de comunicación masiva. Por el contrario, siempre fue -y sigue siendo- una banda que brindó su apoyo entonando su canción a numerosas bandas en crecimiento (a modo de ejemplo, en 2012 fueron los “teloneros sorpresa” de los españoles Marea en el Estadio Malvinas Argentinas ante una incrédula y para nada masiva audiencia) y a diversas luchas populares, en las que cuelga su cartel invitando a entrar porque, si suena La Renga, adentro suena un rock caliente.

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