¿Para qué sirve la TV?

Por la Dra. Silvina Pauloni*

El 21 de noviembre se conmemora el Día Mundial de la Televisión, una efeméride impulsada por la ONU en el año 1996 y que busca propiciar el uso responsable de la televisión como uno de los principales medios de difusión de información pública. Según señalaba la ONU en el Primer Foro Mundial de la Televisión, la televisión se ha constituido como «un protagonista clave dentro del mundo de las comunicaciones por su influencia cada vez mayor en el proceso de adopción de decisiones, al haber sido los ojos del mundo en muchos conflictos y otras amenazas para la paz y la seguridad, así como por haber llamado la atención de toda la sociedad en importantes cuestiones económicas y sociales».

Para poder pensar la TV hay que analizar el lugar que ella tiene en nuestra sociedad actual. En este sentido, parafraseando a Omar Rincón, casi todos somos hijos de la tele, por lo que sin la televisión no podríamos vivir. Es necesaria, ya que genera conversación social, mucha cotidianidad simbólica y mundos paralelos para gozar e imaginar (Rincón, 2005).

La TV gusta, ayuda a las personas a distraerse y a entender el mundo. Forma parte fundamental de la cotidianeidad, de las formas de construir el símbolo y de nuestras maneras de crear comunidades de sentido. De ahí que aparezca en nuestras vidas como un actor indispensable. Puesto que la pantalla ya no se llena de meras imágenes y sonidos, sino «de formas culturales, deseos colectivos, necesidades sociales, expectativas educativas, rituales de la identidad; la tele se convirtió en la institución social y cultural más importante de nuestras sociedades» (Rincón, 2005).

Pensemos, por ejemplo, en el sentido que cobra la TV hoy, a través de una pregunta simple, como la que plantío Dominique Wolton: ¿Para qué sirve la TV? “Para reunir individuos y público que están separados por todo lo demás, y por otro lado para ofrecerles la posibilidad de participar individualmente en una actividad colectiva” (Wolton, 1999).

En definitiva, aquí encontramos una alianza particular entre el individuo y la comunidad que hace de esta tecnología una actividad constitutiva de la sociedad contemporánea. La TV sirve para hablar y es una formidable herramienta de comunicación entre los individuos. Lo más importante no es lo que han visto, sino el hecho de hablar de ello. La televisión es, pues, un objeto de conversación: “La TV ofrece un nuevo vínculo social en una sociedad individualista de masas. Y cumple un rol muy importante política y socialmente en la modernidad” (Wolton, 1999).

Por otra parte, el sociólogo francés Pierre Bourdieu (1983) afirmo que “la TV puede acabar convirtiéndose en un instrumento de opresión simbólica y todo un peligro para la vida política y la democracia El argumento central de Bourdieu, al igual que el de la mayoría de los que se muestran horrorizados por la cultura mediática, hace referencia a la tiranía del rating, desarrollando una propensión al conformismo”.

Actualmente, esa televisión de los 90, dista mucho del nuevo paradigma del siglo XXI basado en una sociedad de múltiples pantallas, pasando de la televisión a las televisiones y que por sus características técnicas y su presencia en casi todos los hogares argentinos, conlleva a que pensemos y pongamos en tensión la importancia de la inclusión digital, no sólo como política de Estado sino como una transformación de las prácticas cotidianas.

Hay televisiones, no una televisión. Y las televisiones están buscando y algunos ya encontraron, nuevos modelos de negocio. Como señala Rincón: “Somos masa-mercado pero sintiéndonos sujetos-comunidades en el disfrute”. A tal efecto, la comunicación audiovisual en cualquiera de sus soportes resulta una actividad social de interés público en la que el Estado debe salvaguardar el derecho a la información, a la participación, la preservación y el desarrollo del Estado de Derecho, así como los valores de la libertad de expresión.

El desafío para los gobiernos que llevan adelante políticas públicas comunicacionales hoy,  es tener en cuenta,  que el traspaso de señales analógicas a digitales, ocurre en un contexto en el que los dispositivos, como tabletas o smartphones, y el acceso a banda ancha comienzan a sustituir a la televisión como la pantalla central en el consumo de contenidos audiovisuales. En este contexto, la brecha  digital no debe mostrar su cara de desigualdad sino que, debe ser parte de un instrumento de inclusión y desarrollo.

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