Presentar un bebé a un perro puede ser peligroso, así debes hacerlo para evitar un accidente o una agresión de advertencia

  • Es importante enseñar al niño a dejar el espacio que necesita al perro, reconociendo si está molesto o agobiado.

No resulta muy difícil visualizar que hace unos 30.000 años, cuando se domesticó al perro en Asia Central, seguramente se reprodujo la escena de niños pequeños acariciando y jugando con esas primeras camadas de cánidos que derivaron del lobo gris europeo (Canis lupus lupus), seleccionando a sus favoritos por diversas razones, creciendo juntos y compartiendo experiencias que estrecharían sus lazos afectivos.

El vínculo que pueden generar perros y niños es reconocido y ampliamente estudiado por la ciencia. Han llamado especialmente la atención los beneficios que esta relación interespecífica, es decir, entre dos especies distintas, les genera a los niños tanto a nivel de salud, reforzando su sistema inmunitario, como en su desarrollo psicosocial.

Los perros son compañeros idóneos para la infancia y les ayudan de múltiples formas, favoreciendo su desarrollo psicomotor gracias a los juegos compartidos, a relacionarse con el entorno, a ser más generosos e inclinados a compartir y cooperar y hasta ayudan a reducir el estrés.

Niño feliz con su perro

Hace un par de semanas, una pareja se hizo viral en la red social de TikTok al subir a dicha plataforma un vídeo del primer encuentro entre sus dos golden retriever, Doug y Winston, y su bebé recién nacida. La acogida y reacción del vídeo donde los dos perros sueltos se yerguen sobre una valla de protección para acceder a la cabeza de la bebé, en brazos de su padre, y olisquearla, moviendo el rabo y lamiéndola a continuación, fue masiva y tuvo miles de comentarios sobre la ternura que transmitía la grabación.

No obstante, hubo otras reacciones más críticas y menos emocionales entre quienes tienen amplia experiencia con perros o trabajan con animales, como educadores caninos, adiestradores, o veterinarios etólogos.

Tampoco es una escena tan inocente como popularmente se interpretó para un profesional de la medicina especialista en recién nacidos. Hemos hablado con José Ramón Fernández, pediatra neonatólogo del Hospital General Universitario Santa Lucía de Cartagena, quien nos explica que “los huesos del cráneo de un recién nacido son menos resistentes que los de un niño mayor o un adulto. Además, los huesos del cráneo se encuentran separados por suturas (articulaciones entre los huesos craneales) y las fontanelas (unas membranas que se localizan en la parte superior y posterior del cráneo). Imaginad qué pasaría si un perro, por la razón que sea, golpease o mordiese el cráneo de un recién nacido”, teoriza, poniéndose en el peor de los casos. Pero ya solo un golpe, accidental y debido al entusiasmo, con la cabeza, una pata o el hocico, puede causar graves daños permanentes en un bebé, tan extremadamente delicado.

“Un recién nacido es en cierto modo una persona inmunodeprimida, es algo así como un estudiante con apuntes sobre una materia (las inmunoglobulinas transmitidas por su madre a través de la placenta y por la lactancia materna) de la cual aún no se ha examinado y por tanto no ha afianzado sus conocimientos. Es una persona muy vulnerable a cualquier germen que pueda entrar en su organismo”, nos indica de nuevo José Ramón, al ver, en el vídeo, que uno de los perros lame el rostro del neonato como si le diera la bienvenida a la familia. 

Un perro, aunque sea doméstico y esté vacunado, tiene millones de gérmenes en su saliva (como cualquier otro animal o como cualquier humano, por cierto),por tanto, si presentamos al recién nacido permitiendo que el perro le lama, estamos exponiéndole a gérmenes como la Pasteurella multocida, una bacteria que puede causar desde infecciones localizadas por arañazos o mordeduras, hasta meningitis en recién nacidos.”, advierte el médico especialista. Se pueden consultar esos estudios aquí y aquí.

Convivir con perros debería implicar conocerlos bien, entender que son una especie diferente y que tienen unos ‘códigos’ sociales que no son como los nuestros. El ser humano, como especie con mayor capacidad cognitiva y plasticidad conductual, es quien debe conocer, entender, interpretar y adaptar, en el mayor grado posible, su relación con los perros a lo que sabemos, que no es poco, de la ciencia del comportamiento canino.

Cuando se convive con perros, introducir a un nuevo miembro en el hogar, sea un bebé u otro animal como un cachorro o un gato, es un paso necesario, pero debe realizarse con conocimiento, prudencia y el máximo control posible de todos los factores que influyen en esa primera interacción.

Podemos dar por supuesto que conocemos cada reacción de nuestro perro de compañía y prever su conducta incluso ante experiencias que no hemos vivido previamente, pero la realidad es que aprendemos sobre la marcha qué situaciones pueden actuar como desencadenantes de las reacciones de nuestros perros y provocarles temor, despertar su instinto depredador, protector o de huida. Estas experiencias nos ayudan a prevenir sus reacciones si vuelven a suceder, y por consiguiente, tomar medidas adecuadas para evitarlas o trabajar con el animal para que las supere o corrija, que sería lo idóneo. 

En el caso de la llegada de un bebé, tenemos que mentalizarnos de que el perro no debe de pasar a un segundo plano

“En el caso de la llegada de un bebé, tenemos que mentalizarnos de que el perro no debe de pasar a un segundo plano, por tanto, aunque es un periodo complicado, debemos de mantener las rutinas de salida y atenciones hacia él”, nos explica Diana A. Peñarando, veterinaria y máster en Etología Clínica por la universidad de Zaragoza. “Cuando llegue el bebé y previa a la presentación física, debemos de hacer una introducción a lo largo de los días mediante olores. Aprovecharemos la ropa usada del bebé, mantas o los pañales usados (pueden estar limpios, no es necesario que tengan contenido) para hacer la presentación del nuevo miembro. Lo ideal es hacerlo poco a poco”, recomienda la experta en salud y bienestar animal. No son recomendables, sin embargo, los juguetes infantiles, para evitar que el perro pueda entender que son tan suyos como del bebé y a la larga se desarrolle una conducta de celos, sin mencionar el riesgo sanitario de que ambos se lleven a la boca el mismo juguete.

Toda precaución es poca, por mucho que estemos convencidos de conocer a nuestro perro como si de una extensión de nuestro propio cuerpo se tratara, y como hemos dicho anteriormente, es mejor planificarlo con calma y tener controlados todos los posibles escenarios y reacciones que pudieran producirse.

Bebé y perro
Los bebés que comienzan a gatear son curiosos y pronto llegarán los primeros encuentros directos.

Por ello, y para facilitar a los convivientes con un perro y figuras parentales la llegada de este momento, enumeramos algunos consejos que dan los especialistas:

  • Es preferible que el primer encuentro sea en un territorio neutral, por ejemplo, la calle, para evitar una reacción territorial. Dar un paseo con el perro familiar y el bebé recién llegado, donde reconozca ese olor que ya deberíamos haber ido introduciendo antes de llegar a este momento.
  • El perro debería estar atado, y estar presentes dos personas durante la presentación, para que uno pueda controlar al animal si se excita y la situación se complica.
  • “No nos podemos olvidar de que los perros son animales con reacciones rápidas, y cualquier sonido como el llanto, una tos o el movimiento del niño pueden asustar o sorprender al perro y este tener una reacción impredecible”, aporta la etóloga canina.
  • En este punto, si el perro se muestra excesivamente nervioso o curioso por acceder al recién nacido, se cancela el acercamiento y se deriva su interés hacia otra cosa, hasta que el animal reduzca su estado obsesivo hacia el bebé.
  • Nunca se debe acercar al bebé. No se ofrece al bebé o cualquier otra cría de animal a un perro, sino que es este el que debe acercarse, controlado, insistimos, por la zona de los pies del recién nacido y evitando especialmente que acceda a la cabeza, sin permitir aún los lametones.

Durante el proceso, es muy importante recompensar la actitud del perro si está comportándose de forma correcta y con el estado emocional apropiado, para reforzar la buena conducta.

Como mencionábamos, la comunicación canina, aunque se haya adaptado espectacularmente a la nuestra como consecuencia de la domesticación, aún mantiene unas bases innatas, comunes a su linaje. Los perros son proclives a establecer determinadas asociaciones por condicionamiento clásico y refuerzo positivo, y al ofrecerles algo por encima de sus cabezas, que es como solemos darles de comer, premiar con chucherías o provocarles con un juguete, lo pueden interpretar como una recompensa o una invitación. Por lo que tanto el canal como el contexto de comunicación que utilicemos para presentar un bebé a un perro es importante y trataremos de no emitir mensajes confusos para el cánido.

Las mascotas influyen positivamente en los niños

Durante los primeros días, semanas o incluso meses, toda interacción debe ser pausada, bajo estricta supervisión, con reforzamiento positivo a medida que el perro normaliza y naturaliza la presencia del nuevo miembro en el hogar y deja de mostrar un interés excesivo.

Cuando el bebé gatea: nuevos desafíos, el vínculo se forja

Los bebés que comienzan a gatear son curiosos, osados, ávidos por descubrir los límites de su entorno. En caso de vivir con un perro, pronto llegarán los primeros encuentros directos y el infante puede acercarse a los platos del animal o coger uno de sus juguetes.

Si nuestro perro ha tenido una correcta sociabilización y está educado, estará acostumbrado a que podamos manipular e introducir la mano tanto en su boca como en su plato incluso mientras come, pero no siempre es así: “con algunos ejemplares es imposible, por una mala sociabilización, por lo tanto, a la hora de que el niño empiece a gatear, lo ideal es evitar el conflicto si no hemos logrado lo anterior”, nos aconseja Diana, propietaria de la clínica veterinaria MadiVet, en Toledo. 

No debemos permitir que el niño se arriesgue a generar una agresión canina de advertencia que, aunque no tenga intenciones potencialmente dañinas por parte del animal (en su lenguaje es el mismo revolcón al que podría someter a un cachorrito pesado para enseñarle límites), en este caso puede tener trágicas consecuencias que nadie desea que se produzcan. Asimismo, y dependiendo del tipo de juego al que tengamos acostumbrado al perro, puede crearse alguna situación de tensión o daño por la brusquedad del animal al sacudir o tirar de sus juguetes.

Niña y perro
Antes de los 6 años debemos seguir imponiendo una firme supervisión a las interacciones.

El niño camina y el respeto mutuo se fortalece

En un estudio realizado en 2020, por la Universidad Checa de Ciencias de la Vida, se apreció que los niños de entre 4 y 5 años muestran una capacidad muy limitada para entender correctamente las señales corporales e interpretar el comportamiento de los perros

Obviamente, esto implica que antes de los 6 años debemos seguir imponiendo una firme supervisión a las interacciones entre niños y perros, a la misma vez que podemos ir enseñando al niño “a dejar el espacio que necesita el perro, enseñarle, en la medida de lo posible, a que reconozca qué situaciones hacen que el perro se muestre molesto o agobiado y qué señales usa para comunicarse con nosotros y que el niño empiece a reconocerlas y aprenderlas”, aporta la veterinaria. 

Y añade que “si los propietarios son novatos y ya veo que me hacen preguntas muy básicas, además de dar la charla de educación, manejo y pautas a seguir, siempre les recomiendo el libro El lenguaje de los perros: las señales de calma de Turid Rugaas, un libro corto y sencillo, pero que nos ayuda a reconocer esa comunicación no verbal que tienen nuestros perros”, libro con fotografías que también podemos aprovechar para incluir como juego de aprendizaje con el niño para que vaya interpretando qué le transmiten y si está en lo correcto o no.

Perro asomando la lengua

También es el momento adecuado para empezar a introducir al menor en las rutinas y hábitos del cuidado del animal, para que este lo relacione ya definitivamente como miembro familiar de pleno derecho. Siempre bajo vigilancia, el niño puede depositar el plato con comida en el suelo o rellenarlo y llamar al perro. 

Puede encargarse de ponerle el collar o de coger la correa y atarle en casa antes de salir a pasear, lanzarle la pelota en el parque, utilizar las primeras órdenes básicas como “ven”, “suelta”, “quieto”, “despacio”, y premiarle con una golosina si el perro responde bien (mejor sobre la palma de la mano abierta, y no cogido entre los delicados dedos infantiles, para evitar, de nuevo, un accidente involuntario sin malas intenciones).

En conclusión, toda inversión de tiempo y esfuerzo que dediquemos a educar y sociabilizar a nuestro perro a su llegada a casa es imprescindible para que, en el futuro, cualquier cambio que se produzca sea más sencillo de gestionar y nos ahorremos tensiones. 

No importa que no se conviva con niños donde vamos a tener un perro: tanto por su propio comportamiento social, de especie gregaria, como de cara a futuras experiencias, debemos de exponerlos al contacto con niños, ruidos, ciclistas, subir a coches o transporte público si está permitido, e incluso visitar la clínica veterinaria sin necesidad de consulta, para que se acostumbren a cualquier situación y ayudarles, y ayudarnos, a construir una relación sana con el entorno y otras personas. A reconocer, en definitiva, cuándo la famosa y polémica frase “solo está jugando” es realmente así o, tal vez, estamos ignorando las señales evidentes de una agresividad en aumento que no sabemos interpretar y se nos puede ir de las manos. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *